El Monbus Obradoiro despide a Alberto Corbacho con una carta

El Monbus Obradoiro despide a Alberto Corbacho con una carta

El club publica una carta en su página web oficial

Todas la historias tienen un final. Las tristes, las emocionantes, las divertidas y las felices.

También la de Alberto Corbacho en el Monbus Obradoiro. Siete temporadas de unión. Siete temporadas de una comunión inigualable entre jugador y afición que tocan a su fin. Corbacho creció con el Monbus Obradoiro y el club creció con Alberto. Llega el momento de separar caminos, de que cada uno siga en solitario. Pero el legado y la impronta que Corbacho ha dejado en Santiago es ya imborrable. Y en el Multiusos Fontes do Sar, la que fue y seguirá siendo siempre su casa, todavía retumban los ecos de la megafonía: ¡AL-BER-TO COR-BA-CHO TRIIIII-PLEEEE!

Era el verano de 2010. El Obradoiro armaba un bloque para volver pronto a ACB. Un cuerpo técnico renovado y un equipo ilusionante que combinaba veteranía y juventud. Y allí estaba él. Un joven alero balear, con el 12 a la espalda. No le llevó demasiado tiempo meterse a la afición obradoirista en el bolsillo. Cada vez que recibía, la hinchada sabía que algo podía pasar. Con el 12 a la espalda acribilló a triples a cuantos equipos se interponían en el camino obradoirista hacia la ACB. Y en Burgos, el Obra tocó el cielo. Y con ellos, Alberto Corbacho.

Quien pensaba que en ACB “Corbi” se amilanaría se equivocó. Desde el primer día en Illumbe hasta el último, siete años después en Santiago contra el Baskonia. Corbacho siempre fue fiel a su estilo. Una amenaza incontestable para las defensas. Un quebradero de cabezas para los entrenadores rivales. El jugador más rápido en armar el brazo y descerrajar el aro contrario a ritmo de triples. Un hombre con una comunión especial con la parroquia gallega. Y los rivales lo sabían: “es un jugador capaz de cambiar la tendencia del partido en un par de minutos”. No fueron pocos los equipos que, durante estas temporadas, fueron víctimas del efecto Corbacho.

No se conoce a otro jugador con una relación tan especial con la grada. Cuando Alberto pisaba Sar, la afición aplaudía más fuerte. Cuando recibía el balón, la gente se incoporaba en sus asientos. Cada vez que cargaba su fusil, se hacía el silencio. Y cada vez que sonaba chof, el Fontes do Sar explotaba. Así pasaron los años. El Monbus Obradoiro creció. Consiguió su primera permanencia en la máxima categoría del baloncesto español, alcanzó los Playoffs en un año para el recuerdo, estableció el tope de victorias consecutivas del club (6) y firmó el mejor arranque de la historia de la entidad (7-2).

Durante estos años Alberto Corbacho se enfundó la camiseta del Monbus Obradoiro en 210 ocasiones. Hasta 547 veces sus triples hicieron sonreír a una afición que celebró mucho los 2.244 puntos con la firma de Corbacho. Números que avalan el paso por Santiago del balear que derrumbó las puertas de la Selección española en el verano de 2013 gracias a una campaña excepcional.

Sin embargo, más allá de cualquier triple, robo, tapón o asistencia, lo que más enamoró al obradoirismo de Corbacho fue su personalidad. Dentro de la cancha, por supuesto, pero sobre todo fuera de ella. La cercanía con la afición, participando en todos los eventos, y su cariño con los aficionados más jóvenes hicieron que Corbacho fuese querido en cada rincón de Santiago. Todos tenían una foto con el balear. A Corbacho nunca le faltó tiempo para pararse a hacer feliz a un niño, conversar con él y firmar un autógrafo.

Ahora toca separar los caminos pero en Santiago, Alberto Corbacho, siempre seguirá teniendo su casa. El obradoirismo nunca le olvidará porque en Sar, por muchos años que pasen, todavía se escuchan los ecos de la megafonía: “¡AL-BER-TO COR-BA-CHO TRIIIII-PLEEEE!”

¡Te deseamos todo lo mejor! ¡Muchas gracias, Alberto!

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