Las palabras

Las palabras

Triste es pensar que no hay un más allá, que aquí donde todo comienza, todo termina. Penoso es recordar que nuestro cuerpo se descompone al mismo ritmo que nuestra mente. ¿Entonces, por qué gastarlo con la cara metida en el paraíso de las hojas?

Hace algunas semanas tuve que hacer un viaje a la Coruña, así que decidí realizarlo con un libro de Nietzche para disfrutarlo en el trayecto. Desde el momento que me encontré sentado en el tren me puse a leerlo. Después de algunas horas llegué a la estación de la Ciudad de Cristal  y guardé mi libro en la chaqueta, observé las nubes y al no encontrar indicios de lluvia decidí caminar por una larga avenida, la cual me llevaría al faro de Hércules; luego de andar unos minutos, a mi izquierda, encontré una iglesia, la observé con detenimiento y me dirigí hacia ella. 

Al entrar observé una gran cruz en el fondo del recinto, así como decenas de hileras de bancas vacías, ni un alma merodeaba por el lugar, el silencio imperaba en el recinto. A la distancia vi una larga mesa, y sobre ella algunos libros —pensé que sólo encontraría biblias o folletos incitando a participar en alguna actividad religiosa—, curioso me acerqué y con la mirada comencé a escrutar la mesa. Mis sospechas se confirmaban: eran textos religiosos, sin embargo, de pronto, como un errante  salto ante mi vista, un nombre —y pude leer en letras doradas—: Julio Verne;  sorprendido, no podía creer que tenía frente a mí uno de los grandes de la literatura, aún con los ojos desorbitados, y como si fuera un perro de caza, comencé a olfatear los demás títulos, entonces, azorado descubrí a pocos centímetros a Walter Bejamin. 

No daba crédito a lo que veía: ¡la iglesia ya permitía suicidas en su morada!, en mi confusión me pregunté si no me había equivocado de recinto, sin pensar regresé mi mirada hacia las bancas y fijé mi atención de nuevo en lo alto de la iglesia. Ahí estaba: crucificado y desangrándose, el gran profeta sobre la pared; di un hondo suspiro, eso me dio tranquilidad, regresé mi vista a la mesa, observé con más profundidad: a lo lejos vi a Borges, lo que me faltaba ¡un agnóstico!, a pocos centímetros descubrí a Sartre, entonces lo comprendí: Jesús siempre fue un intelectual de izquierda. Azorín en un extremo de la mesa, del otro, la señal divina que tanto estaba esperando:  Roberto Bolaño. ¡Debía robar aquellos libros! Por un instante dudé como Pilatos, y en mi cabeza retumbó el “No robarás”, me puse a reflexionar acerca de que eso no era un robo, era más bien una expropiación cultural. 

En voz baja dije «no se hable más, la decisión está tomada»; giré la cabeza en todos los sentidos, el rechinido de una puerta quebrantó el silencio, mis manos empezaron a sudar, y en mi estómago sentí una sensación de vacío, pensé «la moneda ya está en el aire, no hay vuelta atrás», sin titubear cogí todos los textos que puede abarcar entre mis brazos. De nuevo se escuchó el rechinido. Sin demorar me dirigí de nuevo a las puertas del cielo, acelerando el paso retorné al infierno citadino, decidí correr y puse toda mi energía sobre mis piernas, a la distancia escuché que alguien gritó algunas oraciones difíciles de comprender por la lejanía. 

Calles más adelante mi pecho ardía y mis piernas no podían más, vi una banca, volteé para todos lados esperando que nadie me persiguiera, disminuí la velocidad de mis pies, bañado en sudor decidí sentarme en aquélla, deposité los libros junto a mí, observé mi botín: brillaba como piedras preciosas. Me sentí un Robin Hood de las letras. Cogí uno a uno los textos robados, sentí su textura, percibí su olor, ¿por dónde empezar?, analicé todos los títulos, en ese momento recordé que un escritor contó que cuando era pequeño su padre lo llevó a visitar a Azorín y que a éste lo recordaba desaseado; sin dudar me abalancé sobre él.

En ese instante reflexioné, ¿para qué se lee?, imagen rara debe ser observar a un solitario forajido del sistema en ese acto tan revolucionario, es decir, ¿por qué algunos gastamos nuestro tiempo en silencio sobre un libro? cuando ya decía Séneca que no hay error más grande en la vida que perder lo único que tenemos y que desde nuestro nacimiento se está consumiendo. Triste es pensar que no hay un más allá, que aquí donde todo comienza, todo termina. Penoso es recordar que nuestro cuerpo se descompone al mismo ritmo que nuestra mente. ¿Entonces, por qué gastarlo con la cara metida en el paraíso de las hojas?

Observo mis libros, son hermosos. Elijo otro título. Abro su tapa, leo el negro sobre blanco de las letras, la atmósfera se  torna en un inefable cariz etéreo, me siento libre, vuelo de nuevo sobre las preguntas. ¿Para qué cruzar la espesura de las alegorías?, ¿para qué avivar las brasas de los dioses?, ¿qué necesidad?, ¿para qué internarse en esos mundos desconocidos, misteriosos y  profundos que te incitan a fundirte y convertirte en el eco de los siglos?, ¿para qué buscar el alma de la historia y viajar al origen del todo?, ¿para qué oler el miedo de Ío, escuchar el llanto de Medea y saborear los gritos de Europa mientras los barcos zarpan, los hombres usurpan y los reyes enloquecen?

La respuesta se lee entre líneas, cada letra es un espejo que oculta un doble sentido, un secreto. Nada es lo que parece, cada letra esconde un rito milenario, un ojo sagrado. Los que lo desciframos nos reunimos alrededor del fuego primario. Sustancia del todo. Bailamos alrededor de la hoguera del conocimiento.  Saltando avivamos la llama del pensamiento, profetizamos el futuro al canto de estimular nuestras remembranzas. A cada libro que arrojamos a la pira las flamas crecen y la mente arde. Renacemos. Escribimos. Hilvanamos símbolos con agujas de oro candentes, signos divididos en su origen griego, alianza divina que nos eleva más allá del mundo terrenal, donde gozamos inmolarnos en ofrenda a las palabras.

¿Y para qué escribimos?

Para que la memoria,  el alma del tiempo, no se olvide.

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